miércoles, 24 de octubre de 2012

La mentira, un instrumento en la política andaluza, y algo más


El pasado sábado, 20 de octubre, la revista digital Por Andalucía Libre nos ofreció un nuevo y certero análisis de Max Estrella -cesante de hombre libre-. Un relato que discurre entre la génesis del régimen y el momento actual.

Creo que fue Pepe I de Andalucía –Pepote en los ambientes- el que dijo que los socialistas convertirían Andalucía en la California de Europa; años después, el padre de Paula e Iván –infatigable lector de periódicos, gracias a lo cual se entera de algunas cosas- modernizó el mensaje con aquello de la Andalucía 2.0, situándola a la cabeza –sin segundas- del desarrollo tecnológico; en esta legislatura, el Presidente del Parlamento, incombustible dirigente socialista desde que se inventó la política, o incluso desde antes, en un manifiesto lapsus freudiano, proclamó que “el pueblo andaluz, un gran pueblo, supo ver que el poder político, la política, era la palanca para salir del atraso y del subdesarrollo” –sobre todo para algunos, añadiría yo. En la misma línea, por supuesto, Pepe II –más conocido por José Antonio- ha dicho que “los aumentos del empleo más significativos en estos años se han producido en los sectores manufactureros de alta tecnología. Mientras que en España, entre 2007 y 2011, se ha reducido la ocupación en este sector en un 24%, en Andalucía ha crecido el 6%” (¡Olé, todos llevan el paso cambiado menos mi niño!).

Y frente a tales mentirijillas –llamémosles declaraciones, que es como gustan llamarlas ellos-, que podrían reproducirse por millares, la realidad andaluza es la siguiente, por poner sólo algunos ejemplos: La tasa de paro mayor de España: más del 33%, con un desempleo femenino del 34%, que supera en 10 puntos la media nacional; segundo lugar por la cola en PIB per cápita; a la cola de España en camas hospitalarias por habitante; a la cabeza de Europa en fracaso escolar; los salarios más bajos de España, el mayor índice de mileuristas, a la cabeza en el ranking de pobreza -un 40% de los andaluces son pobres-, etc, etc, etc.

Este es el fruto de tres décadas de gobierno socialista.

Luego están las mentiras a la defensiva, en descarada huida hacia adelante, proferidas normalmente al ser sorprendidos con las manos en la masa, y con la intención de convencer –casi siempre con éxito- a jueces y tribunales. Éstas alcanzarían la calificación de cínicas, pero por la condición estólida de los sujetos suelen quedar rebajadas a bufonadas. Sin ánimo de ser exhaustivos, tarea imposible en este tema, recuerdo algunos casos que me han hecho reír mucho: Revienta la presa de la empresa sueca Bolidem, en Aznalcóllar. Un torrente de aguas tóxicas asola los campos aledaños a los cauces de los ríos y arroyos hasta las marismas del Parque Nacional de Doñana. La Junta de Andalucía tapa bocas empezando por la propia empresa propietaria de la explotación minera que recibe del erario público 5000 millones de pesetas y se larga (toma el dinero y corre). Los dueños de los terrenos afectados son comprados –sí, los dueños, no los terrenos- a precios inconfesables. Inaprovechable para cualquier uso, la zona afectada se convierte en “¡corredor verde!”; el Consejero políticamente responsable, señor Viera –hoy senador del PSOE, aforado para protegerse de una rara especie de juez a la que le importa la Justicia- se felicita por el desastre y manifiesta sin pudor: “lo hemos dejado mejor de como estaba”.

La Junta de Andalucía reparte 19.000 millones de euros a los sindicatos UGT y CCOO y a la CEA, en la VII “concertación social”, eufemismo que esconde una realidad llamada vulgarmente “corromper y dejarse corromper”. Parte de ese dinero es justificado mediante cursos que no se dan y trabajos que no se realizan. Pepe II, lo explica sutilmente: “en Andalucía hemos aprendido a abordar los problemas desde el diálogo y el espíritu de colaboración. De este modo, hemos hecho, de la concertación con empresarios, sindicatos y Gobierno el instrumento más eficaz para elaborar nuestras políticas económicas y sociales y anudar con fuerza el lazo social”. Por su parte, el Presidente de la CEA, un poco más burdo, dice que no son partidarios de las subvenciones, y que ese dinero no son subvenciones porque luego (se) lo reparten. Los otros dos, los delegados regionales de Tocho y Mocho, simplemente toman el dinero y corren (al bar).

La Autovía del 92 se cuartea al día siguiente de su construcción. El dinero del cemento se había ido en maletines, Pacheco dixit. El hermano del Director General de Carreteras es pillado con las manos en la masa, es decir con un maletín lleno de billetes, y éste declara que no sabía nada, que se enteró por los periódicos de la trama corrupta.

¿Y quién no se ha reído con la comedia bufa “La comisión García”, que la Compañía de Comedias de las Cinco Llagas ha estado representando en Sevilla? Que risa cuando el otrora primera cabeza de Andalucía –el que no sabía que su hija Paula era apoderada de una empresa a la que le estaba dando 10 millones de euros- dijo eso de “me enteré por los periódicos”. Muletilla socialista. O la Consejera del ramo, que dijo que el informe de la Intervención General sobre los ERE lo guardó en un cajón y no le dijo nada a su jefe Pepe II, para evitarle el disgusto, pobrecillo. O el enmano de Pepe I, que se llevó 8 millones de euros y dijo: “me han arruinado”.

He expuesto una secuencia de acontecimientos ocurridos en un lapso temporal de 25 años. Quiero decir que todas esas mentiras groseras (lo cual no les resta importancia) han sido suficientemente desenmascaradas por la realidad, con la ayuda del tiempo. Sin que de ello se hayan derivado consecuencias para los mentirosos y los intereses que defienden. ¿Qué ocurre, pues?

Es inevitable, cuando uno se encuentra ante tamaña desvergüenza, llegar a la convicción de que la mentira es políticamente rentable; que es un instrumento eficaz en la política. Y que frente a ella, conocer no sirve de nada. En mi opinión no es el conocimiento lo que puede vencer a la mentira en la política, sino acabar con la impunidad con que opera. Si los mentirosos acabaran en la cárcel e inhabilitados para el ejercicio de las funciones públicas, la mentira empezaría a tomar el camino del exilio. No sé si en esto discrepo de Jean-François Revel, que en su obra “El conocimiento inútil” (de obligatoria lectura) viene a decir que los dos antídotos contra la mentira política son la información y la democracia; en lo demás estoy absolutamente de acuerdo y expongo algunas de las claves para entender el problema, reproduciendo sus palabras.

Revel distingue entre la mentira simple y la mentira compleja. La primera es empleada como medio de acción, como práctica corriente en la esfera política, por los partidos, los sindicatos, las administraciones y otros centros de poder. Los dirigentes, por supuesto, mienten; se mueven entre la futilidad de las palabras y la ingravidez de lo irreal.

En la mentira compleja entra en juego la ideología, que funciona como una máquina para destruir la información, incluso a costa de las aseveraciones más contrarias a la evidencia.

De modo que la mentira no es ya un simple coadyuvante, sino una componente orgánica del sistema, una protección sin la cual no podría sobrevivir. El problema fundamental es entonces que el sistema reposa sobre la mentira.

Esto es propio de los sistemas con déficit democrático, de los regímenes totalitarios (y este que padecemos comparte muchos de los rasgos característicos), donde la mentira no es solamente una de las armas del poder político o de los intereses corporativos, sino que tapiza la vida pública en su totalidad. Es el barniz que disimula el foso que se abre entre el dominio exclusivo del partido único (o hegemónico) y su evidente incapacidad para gobernar la sociedad.

En este tipo de régimen la mentira no es sólo un ardid intermitente: es la afirmación permanente de lo contrario de lo que todo el mundo puede comprobar.

Hasta la misma palabra que los define, “de izquierdas”, es una mentira. Al principio designaba a los defensores de la libertad, del derecho…Hoy es ostentada por la mayoría de los regímenes despóticos, represivos, en los cuales, además, todos los que no pertenecen a la clase dirigente viven en la pobreza o en la miseria.

Quienes no aceptan la mentira son víctima del mecanismo sectario que Revel denunciaba en la Francia de hace 20 años: confundir con la extrema derecha a todos los ciudadanos que no son asimilables a la “sensibilidad” de izquierdas. Tachar de nazi a quien esté en desacuerdo, sobre un punto cualquiera, con un “hombre de izquierdas”.

Añadimos, pues, la mentira sistémica como otro de los rasgos que caracterizan el régimen socialista andaluz como un régimen neototalitario o despótico. La mentira es incompatible con la democracia, del mismo modo que la verdad lo es con el totalitarismo.

Visto que aquí el conocimiento es inútil y la democracia débil, ¿daremos algún día con el antídoto?

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